miércoles, 5 de octubre de 2016

Hoy ha tocado llorar, otra vez, para demostrar por enésima vez que soy blandiblud. Debo, de una puta vez, aceptar mi absoluta fragilidad. Del franquismo, la huella más grande es la represión emocional. Era obligado e imprescindible ser duro. En mi casa se reían de mí cuando lloraba con los dibujos animados. Podíamos exteriorizar la risa, la ira, la soberbia, la lucha, o cualquier actitud de reto o chuleria. Eran tabú: los miedos, los complejos, la tristeza, la duda existencial. La cosa estaba clara: trabajar, ir aseado, presentable, mantener limpia la casa y punto. Fuera tonterias, el procedimiento era fácil: seguir las órdenes del patriarca e imitar su comportamiento y actitudes. Representaba, inconsciente, al dictador, a la represión y al poder. No había más opinión, voz o voto que la suya
Falsas apariencias
Crece contigo un ansia de ser amado que junto al instinto sexual perturba completamente tu existencia. Eres dependiente, adicto a priori; el orgasmo puede ser tu perdición. La conciencia de la fragilidad hace de la adolescencia una etapa muy dura. Eres bien consciente del deseo de ser aceptado, requerido, deseado. Y también de la inmensa dificultad que supone llegar a conseguir tener nombre en el anonimato callejero. Ser alguien. El gen egoísta hace el resto. El macho arrasa con el semen descontrolado y la hembra se templa en las mágicas percepciones que imagina y los incompetentes envites del hombre. La razón marca una frontera: la concepción y el orgasmo femenino queda mediatizado. La educación católica se confabulaba con la naturaleza queriendo perpetuarse para hacer del sexo, en principio un problema. Ningún hombre despierta el deseo de las mujeres con sus acciones. Los elixires embriagadores están en el interior, dopando todo el ser.
No recuerdo la última vez que me hable por escrito. Estoy viciada al soliloquio, nací con él. Pero el negro sobre blanco viene y va, tan irregular y caótico como yo. Es la soledad que se impone y el maremágnum mental requiere orden. El lenguaje encorseta las ideas y las imágenes, lo suficiente para analizarlas como si fueran de otro, dentro de no sé cuanto tiempo. Entonces serán interesantes para mí. Porque tropezaré con un avatar de mi conciencia, tan sujeta al devenir como el universo. En la fugacidad del tiempo social o de relojero, no queda nada, el pasado pulveriza los segundos, los minutos, horas o días sin dejar rastro. Quedan los hechos, las producciones, las acciones en el sentido amplio de la palabra. Sin saber nada de nada, me inclino a pensar que lo que permanece es más esencial, más importante. Así que la existencia no sólo son caminos que se hacen al andar, es todo lo que se hace. La acción es el camino, el rastro, la huella.