miércoles, 5 de octubre de 2016

No recuerdo la última vez que me hable por escrito. Estoy viciada al soliloquio, nací con él. Pero el negro sobre blanco viene y va, tan irregular y caótico como yo. Es la soledad que se impone y el maremágnum mental requiere orden. El lenguaje encorseta las ideas y las imágenes, lo suficiente para analizarlas como si fueran de otro, dentro de no sé cuanto tiempo. Entonces serán interesantes para mí. Porque tropezaré con un avatar de mi conciencia, tan sujeta al devenir como el universo. En la fugacidad del tiempo social o de relojero, no queda nada, el pasado pulveriza los segundos, los minutos, horas o días sin dejar rastro. Quedan los hechos, las producciones, las acciones en el sentido amplio de la palabra. Sin saber nada de nada, me inclino a pensar que lo que permanece es más esencial, más importante. Así que la existencia no sólo son caminos que se hacen al andar, es todo lo que se hace. La acción es el camino, el rastro, la huella.

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