miércoles, 5 de octubre de 2016
Hoy ha tocado llorar, otra vez, para demostrar por enésima vez que soy blandiblud. Debo, de una puta vez, aceptar mi absoluta fragilidad.
Del franquismo, la huella más grande es la represión emocional. Era obligado e imprescindible ser duro. En mi casa se reían de mí cuando lloraba con los dibujos animados. Podíamos exteriorizar la risa, la ira, la soberbia, la lucha, o cualquier actitud de reto o chuleria. Eran tabú: los miedos, los complejos, la tristeza, la duda existencial. La cosa estaba clara: trabajar, ir aseado, presentable, mantener limpia la casa y punto. Fuera tonterias, el procedimiento era fácil: seguir las órdenes del patriarca e imitar su comportamiento y actitudes. Representaba, inconsciente, al dictador, a la represión y al poder. No había más opinión, voz o voto que la suya
Falsas apariencias
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